lunes, 26 de septiembre de 2016

A PESAR DE SU IMPERFECCIÓN, POR QUÉ APOYO EL ACUERDO LOGRADO ENTRE GOBIERNO Y FARC


Por: Diego Andrés López Castaño


Quise responder a la valiosa pregunta que me planteó una querida estudiante de derecho y es que si yo apoyaba el Sí en el plebiscito del próximo 2 de octubre por convicción o sólo por llevar la contraria al senador Álvaro Uribe. Aquí mi posición.

¡Qué pregunta la tuya! Empezaré por decir que si bien el senador Uribe no me gusta ni como político ni como persona, mi opinión sobre el país va más allá de él. Es decir, mi pensamiento y accionar político parten de lo que considero útil para el bien general, si eso es contrario a las posiciones del expresidente es algo meramente accidental.

Frente a los acuerdos de la Habana, no es que me gusten del todo. Yo realmente hubiera preferido que el gobierno propusiera reformas sociales y agrarias sin necesidad de un diálogo con grupos insurgentes y hubiera preferido que las FARC se hubieran sometido a la justicia ordinaria o el ejército las hubiera derrotado en combate. Lastimosamente lo que uno quiere no siempre corresponde con la realidad y con lo posible.

El documento de acuerdo no es perfecto, pero comparado con otros acuerdos para finalizar conflictos armados dentro y fuera de Colombia, creo que este tiene elementos que los superan. Enumerarlos ahora sería complicado, por razones de espacio y tiempo. Pero basta para mi presentar las dos razones que considero más fuertes para votar Sí.

Primero que todo, el recurso de la guerra ya se utilizó infructuosamente durante más de medio siglo. En todo lo que ha durado la guerra ninguno de los dos bandos ha sido capaz de imponerse al otro, a pesar de que ambos han tenido momentos en los que han presentado superioridad militar. De tal manera que esperar un cambio utilizando la misma metodología no es muy inteligente.

Y en segundo lugar, las FARC son una organización delincuencial, eso lo tenemos claro. En su accionar criminal han violado los derechos de muchos colombianos a la propiedad, a la libertad de movimiento y expresión, y en el colmo de la barbarie (propio de toda guerra) el derecho a la vida. El acuerdo ofrece la posibilidad de deshacernos de ese grupo ilegal, que abandona las armas para optar por la vía política para presentar sus propuestas de sociedad. Esta posibilidad implica que este grupo dejaría de asesinar, secuestrar y extorsionar ciudadanos.

Estas dos razones lo que implican es el ofrecimiento de tranquilidad a los campesinos colombianos. Los niños podrán ir tranquilos a la escuela, o a jugar en el potrero, sin el riesgo de caer víctimas de una mina antipersona o ser reclutados por las FARC. Es cierto que el acuerdo tiene puntos valiosos como la reforma agraria que hace tanto necesitamos, o una cierta garantía de justicia (con verdad, reparación y garantía de no repetición), pero aún si eso no estuviera en las 297 páginas del acuerdo, esta sola consecuencia es para mi tan valiosa e importante que estoy dispuesto a aceptar un acuerdo imperfecto como el que acordaron el gobierno y los insurgentes, para preservar la vida de nuestros compatriotas históricamente afectados por el conflicto y para poder presentar nuestras diferencias políticas en un ambiente democrático sin tener que matarnos unos a otros.