Por: Diego Andrés López
Castaño
Leidy Jhoana Cardona
Beltrán
Los recientes eventos
políticos del país, con acalorados y desinformados debates en las
redes sociales, nos hace pensar en los niveles de educación y
conocimientos de los colombianos. El panorama no es alentador pues
podemos ver que la ignorancia campea en estas discusiones virtuales.
La
ignorancia puede definirse como falta de conocimientos. Uno puede
encontrar personas que sepan mucho sobre un tema, pero poco o nada
sobre otro; diremos de esas personas que son sabias en el primer tema
e ignorantes en el segundo. Pero puede también darse el caso de
personas que tengan falencias de conocimientos en la mayoría o todas
las areas del saber. Cuando esta situación se da en la mayoría de
habitantes de un país diremos que es un país de ignorantes.
La
ignorancia se supera adquiriendo conocimientos y la manera más
efectiva de hacerlo es leyendo. Sin embargo, a pesar de las
maravillosas oportunidades que ofrece la lectura, pueden encontrarse
personas que, sin ningún asomo de rubor, afirman que no les gusta
leer. Este tipo de personas están condenadas a la ignorancia y
condenan a sus semejantes, en no pocas ocasiones, a escuchar las
burradas que produce su desconocimiento. Imagine el lector la caótica
situación de un país en el que sus habitantes leen poco; decisiones
trascendentales quedan al arbitrio de la ignorancia.
La
realidad colombiana frente a la lectura es bastante preocupante pues
el promedio es de 2 libros al año. Si se tiene en cuenta que el
promedio se saca entre todo lo que leen los colombianos en su
conjunto, significa que mientras algunos leen entre uno y cuatro
libros al mes, es decir, entre 12 y 48 al año, otros no leen nada.
Esas cifras nos hacen decir, sin temor a equivocarnos, que Colombia
es un país en el que sus habitantes leen poco.
Es
cierto que los libros no son la única forma de salir de la
ignorancia, pues también existen los documentales, imágenes y,
además se pueden transmitir conocimientos de forma oral. Los
documentales y la forma oral de adquirir conocimiento son también
útiles para nuestra evolución social. Sin embargo, los libros
siguen abarcando un lugar mucho más importante en la variedad de
cosas que nos ofrecen, pues además de brindar un conocimiento
detallado de algún tema, hacen que el lector forme una serie de
imágenes mentales en el proceso, que estimulan su imaginación y
permiten activar la capacidad de discernimiento. La lectura además
de estimular el sentido crítico, ofrece innumerables beneficios
adicionales a los anteriores citados: agudiza la astucia, estimula la
percepción y la concentración, mejora la habilidad de expresión,
lectura y lenguaje y previene la deformación cognitiva. Por otro
lado, favorece la mejora de habilidades sociales, como la empatía.
Un ávido lector aprende a identificarse fácilmente con los
personajes de las historias que lee y de esta forma está dispuesto a
abrirse a otras vidas, es fácil para él ponerse en el lugar del
otro. Todo esto nos dicta que la lectura ofrece una gama altísima en
los beneficios del aprendizaje más que cualquier otro medio por el
que se pueda obtener conocimiento.
La
situación a la que nos enfrentamos es aterradora, pues los
colombianos prefieren las narconovelas y el reggaetón a un buen
libro. Y con este deficiente alimento intelectual, este país de
ignorantes toma decisiones políticas. Es cierto que por asuntos del
azar puede tomar alguna buena decisión, pero también puede cometer
la estupidez de preferir que un grupo armado siga inundando de sangre
y terror el campo, sólo por el capricho de no querer ver a sus
representantes participando en política, sino pudriéndose en una
cárcer. Como si eso solucionara el problema.



