sábado, 28 de diciembre de 2013

CONDUCTORES EBRIOS Y LEYES NO RAZONABLES


Por: Diego Andrés López Castaño

Comúnmente decimos que la ley es una propuesta razonable para dirimir conflictos humanos, en tal sentido asumimos que las normas no buscan lesionar a unos para beneficiar a otros. Y que en lugar de responder a deseos meramente pasionales como la venganza, responden a criterios de la razón para solucionar satisfactoriamente problemáticas sociales. Sin embargo este no parece ser el caso de la ley contra conductores ebrios que recientemente sancionó el presidente de la república.

Empecemos por dejar claro que la pasión es aquel impulso que nos hace actuar de diversas maneras, sin que podamos, en primera instancia, explicar por qué. Ejemplo de esto es el deseo que nos mueve a conseguir aquello apetecido sin importar por qué lo hacemos, sólo sabemos que queremos tener ese algo; una comida, un aparato, un enamorado. O la venganza, que ciegamente nos impulsa a hacer daño a una persona que ha hecho algo desagradable, no necesariamente en contra nuestra. Aquellas cosas que responden a exigencias pasionales podemos considerarlas como no razonables.

A este tipo de impulsos parece responder la ley contra conductores ebrios. La sociedad colombiana se ha visto bombardeada, en los últimos meses, con imágenes noticiosas sobre incidentes de tránsito protagonizados por choferes borrachos. En esos episodios las consecuencias han sido desastrosas; mujeres muertas, hombres con movilidad reducida por el resto de su vida, niños heridos, muertos o huérfanos. Como es de esperarse, estos hechos nos ofenden profundamente en tanto ciudadanos y en tanto personas, máxime cuando en ocasiones los infractores no responden de ninguna manera por el daño que han ocasionado.

Precisamente aquí es donde surge el problema de la ley. Porque la preocupación de los colombianos no ha sido evitar este tipo de situaciones luctuosas, sino simplemente castigar a quienes las provoquen. No contemplamos, como sociedad, mecanismos educativos para evitar que las personas conduzcan cuando sus organismos no están bien dispuestos para ello. En lugar de eso, asumimos que la gente seguirá violando las normas, y más bien nos preguntamos qué hacer si los pillamos. No se hizo la pregunta por la justicia, sino que se hizo la pregunta por la venganza. ¿Cómo nos vengamos de quienes generen (o hipotéticamente pudieran generar) tragedias como las nombradas?

No se trata, como dirán los extremistas pasionales, de no hacer nada. Se trata de aprobar normas y de adelantar acciones que eviten la repetición de tales hechos. Pero eso no es lo que va a suceder en este caso; los colombianos seguirán manejando ebrios, con la esperanza de que no los van a pillar (como es la firme convicción de todo delincuente). Y seguiremos asistiendo a la terrible práctica de la mordida, porque algunos infractores preferirán pagar unos pesos al guarda de tránsito para dejar todo en el olvido (como pasa en la actualidad) y “colaborarle” para mejorar su salario, que es malo como el de la mayoría de los colombianos honestos.

Así pues, tenemos esta ley que no responde a la razón, sino a la pasión. Los colombianos tendremos algunos borrachos pagando multas, perdiendo sus licencias de conducción y yendo a la cárcel, aunque eso no nos devolverá a nuestros seres queridos. Tendremos nuestra venganza. Mientras tanto conductores sobrios seguirán violando las normas de tránsito y algunos motociclistas seguirán cobrando sendas indemnizaciones por los accidentes que ellos mismos, irresponsablemente provocan.

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