Por: Diego Andrés López
Castaño
¿Que deberíamos
hacer los colombianos, amarnos los unos a los otros y en ese sentido
aceptar y respetar nuestras diferencias? ¿O tal vez odiarnos los
unos a los otros y excluir y maltratar a quienes no compartan
nuestras concepciones del mundo?
Convengamos que el
ejercicio de poder busca que las concepciones del mundo de uno sean
aceptadas por los otros, o al menos que los comportamientos de los
otros sean compatibles con esas concepciones, así no las acepten.
Dicho ejercicio puede partir de la construcción dialógica de
acuerdos, también de la apelación a la seducción de las pasiones,
o directamente de la imposición a través del uso de la fuerza. De
tal manera que aunque no toda relación de poder tiene que ser un
acto violento e impositivo, todo intento de imponer a la fuerza una
forma de comprender la realidad sí hace parte de una lucha de poder.
Durante la semana que
termina, en Colombia hemos asistido a un espectáculo que no se veía
hacía mucho tiempo. Miles de colombianos salieron a las calles a
protestar contra lo que consideran la imposición de la ideología de
género por parte del Ministerio de Educación Nacional (MEN). ¿De
dónde nace el enojo? Un fallo proferido por la Corte Constitucional,
nacido a raíz del suicidio de un joven acosado en el colegio debido
a su condición sexual, ordena la revisión de todos los manuales de
convivencia de las instituciones educativas para garantizar que no
permitan ese tipo de discriminación. En obediencia a esta orden
judicial, el MEN se alió con otras instituciones para elaborar un
documento que permita determinar si existe discriminación sexual en
los colegios del país y de qué manera evitar que eso ocurra,
promoviendo el respeto por la diversidad sexual.
Dicha actitud, según los
marchantes, atenta contra su concepción de la sexualidad y la
familia. Lo que aducen los marchantes es que desde el gobierno
nacional se quiere destruir la idea que tienen ellos de familia
tradicional conformada por papá, mamá e hijos. Pero además
advierten que en ese intento adoctrinarán a los niños para que se
inclinen a la homosexualidad. La intención de la marcha es oponerse
a los intentos del ministerio y lograr que su idea de familia y su
concepción religiosa de la sexualidad sea la que se enseñe en las
instituciones educativas.
Hay que decir de todas
formas, que si bien es cierto la marcha es liderada por sectores
católicos y evangélicos que, dicho sea de paso, se la pasan
peleando entre ellos y lanzándose acusaciones mutuas, en este caso y
para negar el derecho a la diversidad sexual olvidan sus diferencias
y trabajan como hermanitos muy unidos por una causa. De todas maneras
hay que reconocer que no todos los cristianos están de acuerdo con
esta postura. Tanto dentro de la Iglesia Católica como de las
congregaciones evangélicas muchos prefieren hacer caso a su fundador
y amar a todos, como enseña el pasaje bíblico del buen samaritano.
Entre otras cosas porque en sus propias familias acogen hijos
homosexuales y prefieren amarlos a maltratarlos.
Aquí tenemos entonces
dos concepciones diferentes cuyos defensores se enfrentar para ver
quién logra que la suya cale en la sociedad en general. Es
indudablemente una lucha de poder. Una de estas dice que los roles de
género son naturales y que dependen del sexo con el que se nace, por
lo tanto hay que asumirlos. La otra afirma que, si bien nacemos con
un sexo determinado, el rol que jugamos después es una construcción
social y por lo tanto podemos decidirlo. Pero la diferencia más
grande radica en que una de las visiones intenta generar exclusión
la otra inclusión. ¿Cuál nos conviene más como sociedad?

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